sábado, 19 de agosto de 2017

... Y algo de escama (PNK, XIII)

Como bien aventuraba JaviP en su comentario a mi entrada anterior, en esta iba a tocar hablar un poco de las escamas... y solo de las escamas, pues estando como esta(ba)mos e "lo peor" del invierno y la estación seca, ranas no vimos ninguna. Pero en homenaje a su ausencia, y enlazando con el material de la entrada anterior, inicio esta con un par de animales anfibios que toman el sol sobre otro anfibio más grande todavía: son un par de galápagos de bisagra Pelusios sinuatus. El nombre les viene de que, una vez que retraen la cabeza en el caparazón, este es capaz de "cerrarse" por delante, como veis en esta foto...

... lo que ofrece una protección añadida frente a las atenciones de otros depredadores, también anfibios, con los que comparten hábitat. No vimos muchos cocodrilos del Nilo Crocodylus niloticus durante las dos semanas, porque tampoco pasamos mucho tiempo cerca del agua, y los dos de arriba, rojizos como el barro que los rodea (de hecho casi ni los veo) son los únicos que pude fotografiar, aunque vimos de lejos y de pasada alguno bastante más grande e impresionante.

A esta otra tortuga en cambio de poco le podría valer su caparazón si un coche la llega a golpear cruzando la carretera (o si un elefante la pisa, que eran casi igual de frecuentes). Es una tortuga leopardo Stigmochelys pardalis, una de las tortugas terrestres más frecuentes de África y también la más grande del continente, aunque la que vimos era pequeñaja.

Cruzando la misma carretera nos encontramos también a este camaleón orejero Chamaeleo dilepis, que era incluso más lento que la tortuga de arriba, pues los camaleones caminan siempre como bamboleándose, como dando el mismo paso varias veces... A este pobre desgraciado de hecho nos lo hubiéramos llevado por delante de no ser porque había ya otro coche parado mirándolo, que nos avisó de que esperásemos.

"Coche", digo, porque ya sabéis que sin guarda uno no puede bajarse de los vehículos por el Kruger adelante, ni siquiera a apartar "un segundito" a un lado al camaleón o la tortuga de turno. Nunca sabes qué puede haber justo al borde de la carretera; eso es algo que me quedó meridianamente claro estas dos semanas. Pero dentro del campamento de investigadores al menos sí que pude sacar unas cuantas fotos de "lagartijos" con más comodidad.

Este de la foto es un eslizón listado Trachylepis striata; un adulto, en el que se ven peor las marcas que en el juvenil de la misma especie de la foto anterior. Hay otra especie de eslizón a rayas crema y chocolate en el Parque, el de cola azul T. margaritifera, muy abundante (aunque no llegué a hacerle fotos...), que tiene una raya crema más que este y además la cola de un intenso color azul cielo en los juveniles y en las hembras, que no en los machos adultos, como bien veis en esta foto.

Eslizones del género Trachylepis de hecho hay un porrón de especies en Sudáfrica, donde ocupan un poco el nicho ecológico de los lacértidos europeos, tanto por el suelo como entre las rocas (también hay lacértidos de verdad en esta parte del mundo, pero son especies más bien de zonas rocosas de montaña). Este por ejemplo es otro distinto: un eslizón variable T. varia.

Los eslizones se dejaban ver de día, y de noche los gecos, como esta salamanquesa casera Hemidactylus mabouia casi traslúcida, que rondaba la bombilla del exterior de la casa cebándose en los insectillos que acudían atraídos por la luz. Esta especie ha conseguido dispersarse desde África hasta América embarcada accidentalmente en cargamentos de mercancías, y se la puede encontrar por prácticamente todo el continente.

Y termino ya con esta simpática foto de un bicho que ya habéis visto antes por aquí: un geco enano del Cabo Lygodactylus capensis. Serpientes no vimos ninguna, mal que me pese. En realidad tampoco es tan sencillo, no solo porque de natural las serpientes sean bastante más huidizas que los lagartos, sino también porque al no caminar realmente uno por ahí, pues tampoco es tan sencillo encontrárselas. Pero ya veremos en la próxima visita, que yo también quiero mi parte de historias de mambas negras y cobras escupidoras...

jueves, 17 de agosto de 2017

Algo de pelo (PNK, XII)

Tengo fotos de pájaros con las que aburriros durante días, pero voy a ser bueno y cambiar un poco de tercio. La zona del campamento no se quedaba manca en lo que a observaciones de mamíferos se refiere: ver no vimos depredadores más allá de las hienas, pero ya os dije que por el río adelante trasegaban día sí día también búfalos y elefantes, y solo con echar la vista fuera de la verja raro era no ver también algún antílope; como estos impalas Aepyceros melampus, que en el colindante poblado de trabajadores del Parque se paseaban directamente por los jardines.

Un macho de niala Tragelaphus angasii: un mucho muy llamativo, muy oscuro y absurdamente peludo para estándares tropicales. Los Tragelaphus spp., como este, como los kudus que ya he mencionado en otras entradas, son un género bastante diverso de antílopes subsaharianos, todos muy bonitos, los machos con los cuernos ene spiral más o menos abierta, ramoneadores como los ciervos, y que oscilan bastante en talla, entre la de un alce y la de un corzo.

Entre los carrizos ramoneaban precisamente de vez en cuando representantes de una de las especies pequeñas: los bushbuck, o antílopes jeroglífico T. scriptus. Este macho adulto no se dejó ver en terreno descubierto...

... pero este otro macho joven sí lo hizo,para que pudiese verlo yo y para que podáis verlo vosotros.

Y basta ya de ovejas, que también se dejaron ver otras cosas: como las mangostas rayadas Mungos mungo. Muchas especies de mangosta tropicales, como esta, como los conocidos suricatos, o como las simpáticas mangostas enanas, que vimos a menudo también asomando de los termiteros donde suelen hacer sus madrigueras; viven formando grupos. Y uno de esta especie aparecía de vez en cuando por delante de casa también, excavando en el lecho seco del Nwaswitshaka, supongo que buscando insectos o ranas que estuviesen a la espera de la estación de lluvias.

Los mamíferos, en todo caso, se dejaban ver también dentro del campamento. De vez en cuando se cuelan antílopes de varias clases (y hace unos meses un elefante), pero los primates lo tienen mucho más sencillo para pasar por encima de la verja. Ya os hablé en otra entrada de la visita de un gálago, y algunas veces son las tropas itinerantes de babuinos las que se meten a destrozarlo todo; pero los más frecuentes, que se ven a diario, son los monos verdes Chlorocebus pygerythrus. Hay que tener bastante cuidado de dejar puertas y ventanas cerradas y aseguradas cuando uno sale de las casas, pues estos malandrines no tienen problema en abrirlas desde fuera para colarse dentro para hurgar a ver qué encuentran; a veces incluso aunque no estén vacías.

A nosotros en todo caso no nos dieron disgustos durante las dos semanas que echamos allí; se les veía bastante desconfiados, y mucho más pendientes de comer de los frutos de las higueras de no sé qué especie que crecían dentro del campamento.

Interés compartido con los turacos crestimorados Gallirex porphyreolophus. Sé que prometí no sacar más aves, pero es que estos bichos eran condenadamente bonitos...

Y acabo esta entrada sobre bichos peludos con el más mono de todos: el ratón pigmeo Mus minutoides, el roedor más pequeño del mundo, que veis en esta foto a tamaño superior al natural; tan enano era... Nos los cruzábamos de vez en cuando por la noche al ir de una casa a otra, dando saltos más que corriendo, y quedándose petrificados si los enfocabas con la linterna. Tengo ganas ya de verlos de nuevo...

martes, 15 de agosto de 2017

Algo de pluma (PNK, XI)

Un azulito angoleño Uraeginthus angolensis. Pequeñito, apenas como un mosquitero, pero colorido y fácil de distinguir. La idea general de los legos es que todas las aves tropicales son así, vistosas. Pero mucho me temo que eso está bien lejos de ser cierto...

... más bien, la inmensa mayoría de los pájaros que ve uno por Sudáfrica (por todo el mundo) adelante son como este: manchas marrones, y además lejanas. A santo de qué si no iba a existir mi nueva guía favorita... El primer día en que me quedé solo en el campamento y pude dedicarme a pajarear, la verdad es que lo pasé bastante mal. Poco a poco gracias a Dios, a medida que fueron pasando los días y, merced a la experiencia, comencé a poder distinguir cincuenta sombras de ocre, empecé también a poder poner nombre a las distintas manchas marrones. La cámara ayudó mucho, permitiéndome repasar luego con más calma los bichos más lejanos, como la prinia modesta Prinia subflava de la imagen (que resultó ser a la postre de las aves más frecuentes del campamento). La verdad es que a carpeta de fotos del Parque está llena rebosar de fotos malas de bichos de lo más soso, pero tranquilos, que no os daré la lata con ellas...

Cierto es por otra parte que encuentro a los bichos sudafricanos en general más confiados que los europeos, que se dejan acercar más, y también por consiguiente hacer mejores fotos. El bicho de la foto, con pinta de curruca mosquitera alargada, era un bulbul terrestre Phyllastrephus terrestris, que se entretenía deshaciéndonos el tejado de la cabaña junto con el resto de su cuadrilla. Esto de las fotos me está empezando a gustar... y a la vez, no: me siento un poco traidor, yo que era más bien de la cuerda de los que decían que "por intentar sacar una buena foto, dejáis realmente de observar al bicho"...

... aunque cierto es que, sin los aumentos de la cámara (y sin esta imagen, vaya), este bicho se hubiese quedado sin identificar como un juvenil de azor tachiro Accipiter tachiro. Aprovecho de paso para comentar que, al menos por comparación con lo que cuenta la gente en crónicas de visitas naturalísticas al Kruger que he leído, me pareció que había muy pocas aves rapaces; y no solo porque faltasen los milanos y águilas que deberían llegar aquí numerosos desde el hemisferio norte a no mucho tardar, sino porque no vi muchas de las especies "comunes". Bueno, a ver cuando volvamos dentro de unos meses, si están los bichos más activos, liados con la reproducción y eso...

La inmensa mayoría de las aves no eran nuevas para mí solo por su aspecto, sino también por sus voces; y tan trabajoso fue ligar imágenes con nombres, como lo fue hacerlo con los sonidos. Aunque he de reconocer que di prioridad a los ojos, y que no me atreví a tacharme nada de oído. Por eso me alegré bastante cuando, a base de perseverancia, conseguí identificar los sonidos más característicos del campamento con las aves que los emitían, ya fuesen los gárrulos barbudos que os enseñaba ayer, ya el curioso canto de este gladiador cabecigrís Malaconotus blanchoti, al que apenas sí pude ver entre el ramaje.

Por suerte, tras encadenar varias decepciones siempre acababa apareciendo alguna especie que salvase la sesión: algún bicho medianamente grande, bonito y tranquilo, que además se dejase retratar bien, como este alción cabecipardo Halcyon albiventris, una de tantas especies (la mayoría, de hecho) de martines-pescadores que, por raro que nos parezca a los europeos, no pesca, sino que caza: que vive en medios arbolados, capturando grandes invertebrados, lagartos o ratones.

Aves en los árboles y aves en el suelo también, recorriendo arriba y abajo la autopista del río seco. Este francolín de Natal Pternistis natalensis tan bonito venía acompañado de una recua de pollos a medio crecer, que atravesaron el claro entre los carrizos en menos de un suspiro.

Y nada, cierro ya con esta foto de un alzacola dorsirrojo Cercotrichas leucophrys cantando al sol poniente; pariente cercano del alzacola rojizo, la especie menos rara de "no-rareza" que me queda por ver en España,y que por consiguiente más ganas tengo de ver. Ya veremos cuánto tarda en llegar...

lunes, 14 de agosto de 2017

El "N'Waswitshaka Research Camp" (PNK, X)

Como os dije en alguna de las entradas anteriores, durante las dos semanas que pasamos en el Kruger nos alojamos en un pequeño campamento reservado para investigadores que está junto al núcleo de Skukuza, a la vera de un río bastante amplio, aunque seco ahora, que lo separa del poblado de los trabajadores del Parque. Por motivos de disponibilidad de plazas, pasamos la primera semana en la casita de arriba, con salón-cocina y dos habitaciones dobles con baño...

... y la segunda en esta otra tienda de campaña permanente, con... bueno, con pocas cosas. Pero tenía hormigas, la otra no; en eso le aventaja. Carecía en cambio de las salamanquesas de la otra, que pasaban el día entre las vigas de madera y la cubierta de paja, dejando caer aleatoriamente sobre las camas sus pequeñas cagaditas duras, hechas de piezas de insecto, como un TENTE sin montar.

Vivir en el campamento fue una experiencia curiosa: la mayor parte de los residentes eran investigadores jóvenes que estaban allí haciendo trabajo de campo, cada cual el suyo; en el momento en que más nos juntamos había una alemana, dos americanos y dos australianos, a mayores de nosotros, y normalmente nos las apañábamos para cenar juntos y echar luego un rato de sobremesa, comentando la jornada, casi como si en vez de estar "en un campamento" estuviésemos de campamento... Lo que más me llamó la atención fue que eran todos muy jóvenes: estudiantes de carrera o de máster. y no solo eso, sino que estaban allí solos. Me cuesta mucho imaginar un grupo de investigación español que tenga tanto dinero como para mandar estudiantillos de tres al cuarto al otro lado del mundo, y donde por otra parte se confíe tanto en que los estudiantes sabrán desenvolverse solos como para mandarlos sin un director... la verdad es que me resulta tan extraño que no sé hasta qué punto eso me parece señal de que los estudiantes de otros países son la caña, o me parece en cambio una apuesta demasiado arriesgada con la que es muy fácil desperdiciar el dinero; no sé.

Tanto la casa como la tienda (todos los demás alojamientos... todos los de Sudáfrica, me da) tenían sendas barbacoas, que usamos casi cada tres días; pero la primera tenía además esta agradable zona de terraza con vistas al río donde pasar el rato. Se supone que el campamento era una zona "segura", en la que uno podía caminar sin peligro, merced a una verja electrificada que lo rodeaba. La necesidad de la verja era evidente, pues por delante mismo de esta zona de patio pasaban de vez en cuando elefantes (y cuando digo "por delante mismo" lo digo de verdad; podría uno darles una palmada), y un par de veces nos cruzamos con leones en el camino justo a las puertas del campamento. Eso no era muy tranquilizador, ya que la puerta automática de la verja a veces se atascaba y se quedaba abierta, vaya usted a saber por cuánto tiempo... y por otra parte, viendo el estado en que estaba la verja en sí, la verdad es que dudábamos mucho de que realmente estuviese operativa... pero claro, cualquiera la toca para comprobarlo. Tuvo que ser una de las noches de barbacoa cuando por fin Leif, el americanito, más joven y echao p'alante, le echó la mano a la verja, y comprobamos así que estaba más desconectada que las de Parque Jurásico. Le echamos la mano unas cuantas veces más los días siguientes, la verdad no sé por qué, siempre con la aprensión del que hurga en la herida que sabe que no tiene que tocar; pero nunca pasó nada... se ve que tenía que tocarme a mí: intrigado por un ruido, no sé si de ranita o de insecto, que sonaba justo por fuera del cercado, una noche me apoyé inadvertidamente sobre la cerca, y esta resultó estar ya reparada. Me dio un fogonazo que me tiró al suelo durante un rato y me hizo cerrar la boca de golpe, y encima me dejó solo una marca ridícula en el brazo, de la que ni siquiera puedo presumir.

En fin... el gran Tim, la Tostada Humana. Sigo vivo, al menos. El río. Ya he dicho que el Nwaswitshaka no llevaba agua en julio, pero sí fluía: del orto al ocaso, las bandadas de queleas no paraban de pasar, río arriba, río abajo...

... y el trajín aéreo venía acompañado de otro a ras de tierra: los búfalos y los elefantes de que os hablaba antes pasaban de vez en cuando frente a la casa, ocupados en sus cosas. Y resultaba fascinante, a la par que desazonador, ver cómo una cortinilla de carrizos mínima llegaba a ocultar completamente un bicho tan grande y peligroso, que uno tenía además al lado. Al olor de la barbacoa se acercaban por la noche las hienas también justo hasta la verja, y se quedaban luego rondando, dándonos la serenata con sus risotadas; y una noche en que Mdu nos estaba calentando la cabeza con historias de ataques de leopardos, como si estuviese ensayado, saltó de un árbol hacia nuestra mesa un gálago de cola ancha, que en la oscuridad parecía algo mucho más gordo y peligroso, y que hizo gritar a la gente en consecuencia, espantando a su vez al pobre bicho antes de que pudiese hacerle ninguna foto. Pero sí las tengo de otros muchos animales...

... en especial de aves, como este barbudo acollarado Lybius torquatus, y que darán para unas cuantas entradas más. Pues en función de qué vehículo estuviese disponible, no siempre pudimos hacer todos todas las jornadas de trabajo de campo fuera del campamento, y más de una vez tocó quedarse dentro, sumando horas ociosas... esto es, ociosas para el que no tiene una cámara, unos prismáticos, y todos los bichos de un país para aprenderse. Espero no aburriros mucho en los días que vienen...

domingo, 13 de agosto de 2017

Jornadas Gastronómicas

 No estaré en Galicia, y no estamos tampoco en verano, pero el ritmo que llevamos últimamente de cuchipandas aquí en Sudáfrica bien podría estar a la altura del rosario de fiestas gastronómicas y verbenas propias del agosto breogantino...

 Empezamos el viernes por la mañana con el "Té de Departamento": por algún motivo, cada dos semanas uno de los grupos de investigación del Departamento está encargado de organizar una especie de brunch a media mañana, que suele dar pie a que la gente se pique y que cada grupo intente superar al anterior. Nosotros la verdad íbamos con (y trasmitíamos) unas expectativas bastante bajas, pero al final, a base de recetas robadas (la tarta de queso de Sofía y la empanada de Cefe), creo que sorprendimos tanto a los demás como a nosotros mismos...

 El viernes por la tarde, el jefe de Joaquín quiso organizarle en su casa una barbacoa de bienvenida (la segunda; ya el viernes anterior habíamos hecho una en el patio del Departamento). Así que tras salir de la Facultad nos encontramos en una casa grande, con piscina y llena de estudiantes, pues los Heideman decidieron combatir el "síndrome del nido vacío" alquilando a chavales las antiguas habitaciones de sus hijos, y cuidándolos prácticamente como a tales, haciéndoles el desayuno y demás. Tras cenar tuvimos además concierto: el hombre resultó ser un apasionado de Carlos Santana, y nos regaló con canción tras canción interpretada a la guitarra eléctrica con pistas de acompañamiento por detrás, de modo que el efecto final era muy similar al de los músicos del metro en calidad y pesadez... Y soplamos además las velas de la primera de las dos fiestas de cumpleaños de Joaquín...

... que continuamos ayer con otra (otra barbacoa, cómo no), ya solo para la juventud, en casa de Charissa. Una fiesta bastante internacional: con españoles, escoceses, alemanes y chinos; a mayores de los locales. Las vueltas que da la vida, que nos va llevando de un lado a otro del mundo... en fin. En nada me tocará a mí también celebrar por vez primera mi cumpleaños en invierno. Otra cosa que me tacho.

viernes, 11 de agosto de 2017

De picnic (PNK, IX)

A mayores de los campamentos donde los turistas pueden dormir, a lo largo y ancho del Parque hay zonas de picnic, con bares, baños y mesas, consideradas "seguras", donde se permite bajar del coche. En realidad, y salvo los campamentos, que sí cuentan con verjas electrificadas alrededor (aunque más sobre eso dentro de algunas entradas), el resto de zonas seguras del Kruger lo son más por fuerza de la costumbre que porque los animales no puedan realmente acceder a ellas: es decir, porque suelen estar llenas de gente ruidosa y los animales mayores tienden a evitarlas; pero no hay vallas ni nada parecido, y de vez en cuando algún turista se lleva la sorpresa de su vida...

En realidad las zonas de picnic están siempre llenas de animales: en concreto, de las aves y monos que acuden al reclamo de la comida fácil. Y cuando en el trascurso de nuestras correrías naturalísticas nos deteníamos a comer un bocadillo de salchichas de kudu (sí), yo aprovechaba para sacar unas cuantas fotos. Probablemente las aves más abundantes y conspicuas en los picnics de todo el Parque sean estos: los estorninos orejiazules Lamprotornis chalybaeus, unas aves carácter tan audaz como su el colorido de su plumaje metalizado, que se veían bastante en las pajarerías españolas hasta que la UE prohibió en Europa el comercio de aves salvajes, durante el primer brote de "gripe a(viaria)" (ha habido bastantes más, ¿lo sabíais? Pero pasada la novedad y alarmismo del primero, cuando todos íbamos a morir y el gobierno se dejó millones de euros en vacunas que luego caducaron, la prensa perdió el interés...).

Más estorninos. Estos bichos son bastante inteligentes y enseguida aprenden dónde hay comida fácil, de modo que muchas especies viven sin problemas cerca del hombre. En Bloemfontein llevo vistas ya cinco especies (dos de ellas introducidas), incluyendo este de la foto: un estornino alirrojo Onychognathus morio, grande y colilargo, casi como una urraca, pero con naranja en las alas en vez de blanco.

El de arriba era un macho, y mirándolo desde el alero de un cobertizo estaba esta su señora, con la cabeza canosa en vez de negra.

Más bichos del picnic: un toco piquirrojo Tockus erythrorhynchus. Las cuatro especies de tocos del Parque fueron mis primeros cálaos silvestres. Es lo bueno de cambiar de continente: que uno tiene la oportunidad de no solo tacharse especies nuevas, sino también familias o incluso órdenes.
Y en el mismo lugar, otro bicho con el que estrenaba familia, la de los turacos: un turaco unicolor Corythaixoides concolor. Aunque tardé algunos días en verlos, desde el primer día en el Parque fui consciente de que estos bichos andaban cerca por sus voces, bastante características, que les valen el nombre inglés de go-away bird. Aunque a mí no me suenen mucho a 'go-away'...

Plantas también me estoy tachando unas cuantas... o bueno, digamos que "podría, si pudiese": evidentemente en esta esquina del mundo casi todas las plantas son nuevas para mí, pero me falta el conocimiento como para identificar las 20.000 especies del país. Podría centrarme en los árboles, que son solo mil y pico y debería ser más fácil... en fin. De momento me ha alegrado aprender que estos arbolitos con estos frutos de cuatro alas tan característicos, que se suelen usar pintados en los potpourris de flores secas, son del género Combretum, de los que hay un puñado de especies en el Parque.

Y nada, lo que tienen las zonas "seguras": paseando por el picnic para ver los pajaretes y árboles de arriba, me di cuenta de pronto de que no había sido yo el primero en pisar por allí... las huellas de la arena, por tamaño y forma, tenían un cierto aspecto leonino... en fin.

Por desgracia o por suerte, no vi al dueño de las mismas, pero sí me encontré con otros dos depredadores que, confiados en su camuflaje, dormitaban plácidamente a la espera de la noche siguiente, sin que pareciese molestarles mucho el bullicio de los turistas: eran en concreto el búho más grande de África, un búho lechoso Bubo lacteus, de llamativos párpados rosados...

... y el más pequeño, un autillo africano Otus senegalensis. Vistos así de cerca la verdad es que los búhos son de las cosas más cucas que hay. A ver cuál es la próxima especie que me tacho...

miércoles, 9 de agosto de 2017

Sundowners (PNK, VIII)

Principalmente para evitar problemas de furtivismo, como regla general en el Kruger no se permite la circulación de vehículos de noche. Pero una de las ventajas de estar en el Parque como investigador es la de disfrutar de una cierta flexibilidad de horarios. Tampoco demasiada, la verdad sea dicha, pero la suficiente como para poder ver anochecer desde fuera de casa. De modo que los días en que el trabajo lo permitió, los sundowners (charlar tranquilamente mientras se pone el sol) formaron parte de nuestra rutina diaria.

El lugar al que más veces acudimos lo podéis ver en la primera foto: lake Panic, un pequeño embalse que represa las aguas del Mafunyana, aguas arriba de nuestro campamento. Debido a la visibilidad y a sus paredes bastante empinadas, la presa terrosa del embalse se considera "zona segura"; lo suficiente al menos como para bajar del coche por tu cuenta y riesgo. Aunque la zona es bastante famosa por sus aves acuáticas, a las horas tardías a las que fuimos apenas sí se movía algo más que miles de queleas comunes Quelea quelea (posiblemente el ave más abundante del mundo, y desde luego la del Parque) preparándose para dormir entre los carrizales y acacias de la orilla. Eso y los resoplidos de los hipopótamos en el agua, a escasos metros de uno.


Un par de tardes nos dio tiempo de ir a un lugar algo más lejano, la colina de Mathekanyane: un domo granítico donde también puede uno bajarse por su cuenta y riesgo. Y desde el que se atisba apenas la inmensidad de este parque nacional, grande como Cáceres o Ciudad Real...


Aunque por la foto parezca el sitio un remanso de paz, el reclamo de cientos de francolines y pintadas como los que os enlazaba ayer, al pie de la colina, resulta a veces bastante ensordecedor. Y más arriba y cerca de nosotros, unos cuantos grupos de alcaudones píos Urolestes melanoleucus la armaban también un poquillo, peleándose y jugando antes de, ellos también, irse a dormir.

Volviendo a lake Panic, como la zona está pegada a Skukuza, que ya os dije que es el principal campamento del Parque, todos los días que fuimos nos encontramos a otros grupos de investigadores o de trabajadores pasando el rato. Y un día incluso, como podéis ver, con los participantes en una boda, que llegaron para hacerse las fotos montados en los caddies del cercano campo de golf: el único creo en que las bolas vuelan entre impalas y kudus... y en que de vez en cuando los golfistas se dan de bruces con algún león.

Al crepúsculo le sigue la noche, y ya me perdonaréis la calidad de la foto, pero me hacía ilusión poneros una foto de la Cruz del Sur (un romboide más bien, ya, pero qué queréis: esos que se inventan constelaciones, que ven lo que quieren ver...). Y como las horas tardías se prestan también a la música, ya me perdonaréis también que os deje con una de las canciones que más se escuchan por estas tierras. "Canción del verano" la llamaría, si no fuese porque estamos en invierno...